Por: Yessenia Paria
Este era el verdadero reencuentro, lleno de besos, besos que me herían y excitaban, roces y caricias desesperadas y oportunas. Éramos como dos perras en celo oliéndose por primera vez...
Son ya las 8 de la noche. Vamos rumbo a la casa de su amiga. Caminamos por la calle Arica, hasta llegar a la avenida Bolognesi. Abordamos un carro. No faltaba mucho, la mayoría de los buses pasa por esa zona.
Bajamos en una esquina. Seguimos por aquella vía que cruza el famoso centro pre universitario “Pedro Ruiz Gallo”, un caminito angosto y largo, algo curvo, con casas a oscuras y mucho, pero mucho silencio.
—¿Cuánto falta, ah?, me dijiste que era cerca —pregunto impaciente a F.
—Es aquí, nomás. No falta nada.
Para mí, caminar no es ninguna gracia, no me gusta. Odio hacerlo, además de noche y con tacones, es un martirio y no lo tolero. Por fin llegamos a nuestro destino, una pequeña casa junto a una cochera, en la esquina, por fin.
Entramos. Una casa-pensión o al menos así lo percibí, un pasadizo que tenía a cada lado puertas cerradas de pequeñas habitaciones. A un lado, escaleras que daban a la segunda planta, con más habitaciones.
Saludé amablemente a la dueña de casa, bueno, a la dueña del cuarto. Allí ya estaban listas y animadas cuatro chicas más, tan iguales y tan distintas que no recuerdo muy bien cuánto. Una, la dueña de casa, con mirada dulce y seductora, era la más bonita. Tenía un lunar al lado de la boca, vestía unos jeans sueltos y rasgados muy de moda de los jóvenes rockeros de los 80s, una camisa negra y corta. La otra chica era común, sí, esa es la palabra para identificar a alguien que no ha causado mucho interés cuando la ves, una dama rellenita y algo desorientada. Luego, vinieron dos, una antigua conocida junto a su pareja, una chica emo, dark o punk, no lo sé, o creo que esas tres cosas juntas.
—Ella es la pareja de P —me dice discretamente F, mientras me mira a los ojos en un aparente estado de complicidad.
—¿Ah…, si? —le respondo desinteresadamente, como si aún no comprendiese las claves que ellas usan.
Todas en perfecta armonía con sus deseos e inquietudes, todas movidas con la pretensión de divertirse hoy y no después, con los ánimos de bailar como locas y flirtear, si se presenta la ocasión.
No eran tantos mis ánimos por conocer ese nuevo ambiente. El lugar no me provocaba, no tenía grandes expectativas. No se me hacía divertida la idea de conocer la única discoteca gay de la ciudad y menos acompañada con chicas nuevas, una amiga, a quien encontraba después de años de estar distanciadas, con intenciones de tenderme alguna trampa, seguramente. No me sentía a gusto sentada entre ellas, escuchando comentarios de quien está con quien, que alguien volvió con alguien, que alguien juega con las dos y ese quién que no se da cuenta, que a esa alguien y a esa quién no las conozco. No las conozco como a ellas, que están sentadas, viendo cada cierto tiempo el reloj para ver si ya es hora de la tan esperada noche.
—Ya, de una vez. ¿Nos quedamos aquí o volamos de frente? —dijo una, en tono sentenciador.
—Quiero irme de aquí, no me siento cómoda —miré con cara de súplica a F.
—Sí, ya vamos o sino tendremos que pagar las entradas y no hay fichas —dijo F apresurada.
Cogimos nuevamente un taxi para dirigirnos a la parte alta de la ciudad, Pocollay. Todas muy animadas, es sábado por la noche, fin de semana, es verano, somos jóvenes, que más podíamos pedir. Enrumbamos cinco cuadras hacia arriba, la zona era conocida, pero ignoraba que allí existiese una discoteca. Total, ya estamos aquí y no hay nada más que perder.
Inmediatamente tocaron, abrió la puerta una chica. Con parca cortesía nos saludó (las saludó) y nos invitó a pasar.
Era un portón como de cochera o almacén. De fuera, sólo la identificaba una luz de neón, tenue y mortecina.
Mi anfitriona, F, me llevó hacer un recorrido relámpago por esas instalaciones, “Este es el local”, “Por allá vas a los baños” “Aquí puedes sentarte si no quieres bailar y hay mucha ventilación”, etc.
Adentro estaba la onda. Era un pasadizo corto, que conducía a un dintel sin puerta. Y estaba ahí, delante de mis ojos, aquel salón para bailes cómplices y amigo de las situaciones que por ahí ocurriesen, además de bailes y tragos que, obviamente, eran infaltables. Más agradable aún era la música. No es el típico trío infalible de hoy, salsa-cumbia-reggaeton, sino más electro, trance y esa movida que ellos y ellas prefieren.
Dentro del salón, no reparamos en sentarnos frente a la barra, que estaba desprovista de variedad de tragos y sin iluminación. Sentadas y con cervezas en las manos, empezamos a hablar de aquello que hace muchísimo tiempo no conversábamos. Eran otros tiempos entonces, yo una adolescente que no conocía nada de la vida, sin amigos ni mucho menos enamorado. Nunca había tenido mi primer beso (con un chico), era una completa chibola ingenua.
—Te veo cambiada, ahora. Has subido de peso. Antes eras más flaquita, pero está bien, así estas más comestible, jaja —comentó F.
—Yo te veo igual de pendeja —le dije.
—Chistosa… —respondió ella, acusando el golpe.
A un lado de la pista, sus amigas bailaban entre ellas, animadas y cada una en lo suyo. F me pidió bailar. Acepté. Al comienzo me sentí incómoda y algo avergonzada: era la primera vez que bailábamos juntas, la primera vez en cinco años que teníamos de conocernos. Me di cuenta que bailar juntas iba a ser sólo el inicio de su estrategia, o no diré estrategia, de su modus operandi.
Tragos van y tragos vienen, bailando como suele ocurrir, sólo que aquí la dupla ganadora era chico-chico y chica-chica. No había otras opciones, o al menos no en este lugar. F bebió en exceso, yo moderadamente. Pero como soy la más polla del mundo, no faltaba mucho para que evidenciaran mi falta de sobriedad.
—¿Bailamos? —pidió F.
—¿Otra vez? —caminé con dificultado hacia el centro con ella, y a bailar se ha dicho.
A un lado de nosotras bailaban sus amigas. No entablé abundante conversación con ellas, ni ellas conmigo. Pensé: no importa, no veo porque la preocupación. A mi izquierda estaban pegadas P con su pareja, bailaban sensuales y de cuando en cuando se besaban.
—¿Te sorprende? —me preguntó F.
—No, sólo que no es algo que veo siempre.
Las discos de ambiente se caracterizan por eso: por permitir el ingreso libre a personas que optan por opciones sexuales poco convencionales, sin miramientos ni reservas, algo difícil de creer y aceptar en nuestra pequeña y tradicional mentalidad tacneña.
Ahí estaban ellos y ellas, evidentemente no todos los gays y lesbianas de Tacna, pero sí una considerable muestra de la comunidad rosa, que pintaba cómo se divierten en esta heroica y mojigata ciudad, cómo la diversión no está prohibida para ellos, en un ambiente lleno de luces de neón, música que te zumba en los oídos. Una barra nada portentosa y unos cuadros de músicos y artistas junto con la multicolorida bandera gay en el centro de local, hacían de este sitio su fortaleza. El lugar donde son ellos mismos, donde pueden besarse y demostrar su amor, donde los tapujos no existen y tampoco el gentleman que te sirve una copa y te pregunta tu nombre. Aquí están personas comunes y corrientes, de todas las edades, a quienes puedes ver en las calles, de compras, trabajando en un banco, paseando con sus hijos o tomando un helado. Chicos con miradas insinuantes sobre otros chicos y chicas que te piden animosas un ¿Bailamos? Chicas que te guiñan el ojo mientras bailas con tu amiga. Que ven tus caderas meneándose y alucinan poder tenerlas más cerca. Incluso, chicos más afeminados que yo, gente risueña que se pone brillo con sabor a chicle en los labios. Más allá, varones aparentemente normales bailan con ellos y se abrazan por la cintura, se mueven al compás de a quién le importa lo que yo haga. Hoy sábado por la noche, el mundo es suyo.
Chicas que te roban un beso, chicas que es gusta que esa chica les robe ese beso, chicas como F que aprovechan la noche multicolor y la evidente consecuencia que el beber en exceso supone. Chicas que te acompañan al baño y se manifiestan prestas a darte un peine o un papel higiénico para secarte el sudor que hay en tu frente y que amenaza arruinar ese delineado perfecto que tienes en los ojos. Chicas que acometen salvajes, amparadas bajo la media oscuridad de un sucio baño de una mediocre disco de ambiente, la única opción de la ciudad.
Chicas como F que no olvidan que la otra chica puede ceder, que cedió hace mucho, que cedió hace cinco años, que cedió una vez y puede volver a ceder. Chicas como F que revelaron su secreto más abierto a la incauta chica, que la llevaron en otro tiempo adolescente a la inquietud y al desconcierto de quién soy, qué hice y porqué me gustó lo que hice.
Chicas como F hay a montones, pero prefiero creer que sólo hay una. F en una escena donde la coprotagonista era yo sin saberlo. Ella besándome como loca en una esquina del baño, mientras que por instantes tuve abiertos los ojos de asombro y luego cerrados por el gusto y la satisfacción.
Ese beso que me remonta a otros tiempos, donde era primeriza en el juego del flirteo, donde no sabía besar, donde nunca había tenido flaquitos, tiempos donde me gustaba el anime y soñaba con Terry y ser una heroína adolescente como Sailor Moon. Ese beso angustioso y demoledor, me enseñaba que era mentira eso de que el tiempo lo cura todo.
Ese beso que borraba de mi historial el número nada despreciable de cinco enamorados y no sé cuántos amantes machos en mi haber, que ya no era virgen, que ahora sabía fumar y también besar, que ya no era tan flaca y tan chibola, que ahora veía y confirmaba mi confusión e inmadurez en estas lides del amor.
Allá afuera la noche seguía igual, la música sazonaba el local, las jarras iban y venían, las chicas seguían bailando extasiadas y besándose, los chicos sentados uno encima del otro, besándose también.
Todo, allá afuera, era otro mundo, otro universo, no había ningún testigo presencial en el lugar de los hechos. El crimen era adentro, muy adentro, sólo alguien nos devolvió a nuestra absurda realidad. Tocaron la puerta, alguien desesperada por ocupar el baño, queriendo entrar, se alejó resignada. Nadie iba a despojarnos de ese rincón nauseabundo, nada romántico, pero nuestro al fin y al cabo.
Este era el verdadero reencuentro, lleno de besos, besos que me herían y excitaban, roces y caricias desesperadas y oportunas. Éramos como dos perras en celo oliéndose por primera vez, dos mujeres que saben el futuro que estaba por venir y que se avecinaba en segundos. El futuro que implicaba tocarme las caderas y las nalgas con presión y abrirme el cierre tan a prisa que ya estaba sintiendo una mano debajo de mi vientre. Una mano temblorosa que no era la mía, que me embestía como animal furioso, que me sometía y arrinconaba al placer absoluto, al deseo innato, una mano que me decía que ya no era más yo, sino que era de ella y para ella, mientras que la otra mano apretujaba mis senos calientes y vibrantes. Se llevó enterita mi frustración contenida, de no saber quién soy y qué mierda hago aquí. Toda ella me invadía mientras, allá afuera, el tiempo transcurría. Afuera estaba el deseo de diversión y de borrachera, aquí, adentro, el deseo era otro.
Abrumadas, nos miramos y pensamos quién saldrá de aquí primero. El temor travieso nos invade pensando en las miradas indiscretas que nos esperan, qué más da, el lugar lo amerita, ni pensar que estemos en un monasterio. En la disco, la confianza y el pago del derecho a entrar nos invita a seguir besándonos, frente a todas, frente a todos, frente a aquellos que ya lo estaban haciendo antes que nosotras: nos unimos de una buena vez.
Saliendo de la disco, la cosa era monótona, un taxi listo en la puerta nos esperaba para volver a casa. Aquel discreto conductor, acostumbrado a tales situaciones, ni nos miraba, estaba absorto en llegar lo más rápido posible para no perder gasolina, nosotras, besándonos de nuevo, confundiéndonos de nuevo. El viento alborotaba mi cabello, mientras ella seguía tocándome los senos y yo la abrazaba y pensaba lo imbécil que me sentía entonces. Mil cosas pasaban en mi cabeza, en tanto disfrutaba de sus caricias, ese forcejeo gozoso que me transportaba a aquellos años maravillosos.
Ahora, aquí, sentada, tomando un café y viendo los mensajes en mi celular, no espero nada. Ya ha pasado mucho tiempo desde esa vez. La vida ha sido distinta para mí, ahora sólo pienso en ella cuando no tengo nada en qué pensar. Pienso que ahora debe estar viviendo su vida mediocremente, como vivo la mía. Pienso si seguirá yendo a aquel lugar y seguirá probando que aquella táctica sigue siendo infalible, eficaz.
Mientras, yo sólo espero seguir viviendo mi vida tranquilamente, al lado de mi nueva novia, una mujer dulce y comprensiva, cariñosa y tierna, distinta de la otrora loba feroz.
Por ahora mi vida es otra, algo madura, menos inestable, más consciente de la realidad, más convencida de mi ser. Y ella, F, viviendo la suya, también. Dudo que alguna de nosotras recuerde aquella fortuita noche.


















