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05 agosto, 2011

MUJERES: CRÓNICA DE UNA NOCHE ANUNCIADA


Por: Yessenia Paria
Este era el verdadero reencuentro, lleno de besos, besos que me herían y excitaban, roces y caricias desesperadas  y oportunas. Éramos como dos perras en celo oliéndose por primera vez...
Son ya las 8 de la noche. Vamos rumbo a la casa de su amiga. Caminamos por la calle Arica, hasta llegar a la avenida Bolognesi. Abordamos un carro. No faltaba mucho, la mayoría de los buses pasa por esa zona.
Bajamos en una esquina. Seguimos por aquella vía que cruza el famoso centro pre universitario “Pedro Ruiz Gallo”, un caminito angosto y largo, algo curvo, con  casas a oscuras y mucho, pero mucho silencio.
—¿Cuánto falta, ah?, me dijiste que era cerca —pregunto impaciente a F.
—Es aquí, nomás. No falta nada.
Para mí, caminar no es ninguna gracia, no me gusta. Odio hacerlo, además de noche y con tacones, es un martirio y no lo tolero. Por fin llegamos a nuestro destino, una pequeña casa junto a una cochera, en la esquina, por fin.
Entramos. Una casa-pensión o al menos así lo percibí, un pasadizo que tenía a cada lado puertas cerradas de pequeñas habitaciones. A un lado, escaleras que daban a la segunda planta, con más habitaciones.
Saludé amablemente a la dueña de casa, bueno, a la dueña del cuarto. Allí ya estaban listas y animadas cuatro chicas más, tan iguales y tan distintas que no recuerdo muy bien cuánto. Una, la dueña de casa, con mirada dulce y seductora, era la más bonita. Tenía un lunar al lado de la boca, vestía unos jeans sueltos y rasgados muy de moda de los jóvenes rockeros de los 80s, una camisa negra y corta. La otra chica era común, sí, esa es la palabra para identificar a alguien que no ha causado mucho interés cuando la ves, una dama rellenita y algo desorientada. Luego, vinieron dos, una antigua conocida junto a su pareja, una chica emo, dark o punk, no lo sé, o creo que esas tres cosas juntas.
—Ella es la pareja de P —me dice discretamente F, mientras me mira a los ojos en un aparente estado de complicidad.
—¿Ah…, si? —le respondo desinteresadamente, como si aún no comprendiese las claves que ellas usan.
Todas en perfecta armonía con sus deseos e inquietudes, todas movidas con la pretensión de divertirse hoy y no después, con los ánimos de bailar como locas y flirtear, si se presenta la ocasión.
No eran tantos mis ánimos por conocer ese nuevo ambiente. El lugar no me provocaba, no tenía grandes expectativas. No se me hacía divertida la idea de conocer la única discoteca gay de la ciudad y menos acompañada con chicas nuevas, una amiga, a quien encontraba después de años de estar distanciadas, con  intenciones de tenderme alguna trampa, seguramente. No me sentía a gusto sentada entre ellas, escuchando comentarios de quien está con quien, que alguien volvió con alguien, que alguien juega con las dos y ese quién que no se da cuenta, que a esa alguien y a esa quién no las conozco. No las conozco como a ellas, que están sentadas, viendo cada cierto tiempo el reloj para ver si ya es hora de la tan esperada noche.
—Ya, de una vez. ¿Nos quedamos aquí o volamos de frente? —dijo una, en tono sentenciador.
—Quiero irme de aquí, no me siento cómoda —miré con cara de súplica a F.
—Sí, ya vamos o sino tendremos que pagar las entradas y no hay fichas —dijo F apresurada.
Cogimos nuevamente un taxi para dirigirnos a la parte alta de la ciudad, Pocollay. Todas muy animadas, es sábado por la noche, fin de semana, es verano, somos jóvenes, que más podíamos pedir. Enrumbamos cinco cuadras hacia arriba, la zona era conocida, pero ignoraba que allí existiese una discoteca. Total, ya estamos aquí y no hay nada más que perder.
Inmediatamente tocaron, abrió la puerta una chica. Con parca cortesía nos saludó (las saludó) y nos invitó a pasar.
Era un portón como de cochera o almacén. De fuera, sólo la identificaba una luz de neón, tenue y mortecina.
Mi anfitriona, F, me llevó hacer un recorrido relámpago por esas instalaciones, “Este es el local”, “Por allá vas a los baños” “Aquí puedes sentarte si no quieres bailar y hay mucha ventilación”, etc.
 Adentro estaba la onda. Era un pasadizo corto, que conducía a un dintel sin puerta. Y estaba ahí, delante de mis ojos, aquel salón para bailes cómplices y amigo de las situaciones que por ahí ocurriesen, además de bailes y tragos que, obviamente, eran infaltables. Más agradable aún era la música. No es el típico trío infalible de hoy, salsa-cumbia-reggaeton, sino más electro, trance y esa movida que ellos y ellas prefieren.
Dentro del salón, no reparamos en sentarnos frente a la barra, que estaba desprovista de variedad de tragos y sin iluminación. Sentadas y con cervezas en las manos, empezamos a hablar de aquello que hace muchísimo tiempo no conversábamos. Eran otros tiempos entonces, yo una adolescente que no conocía nada de la vida, sin amigos ni mucho menos enamorado. Nunca había tenido mi primer beso (con un chico), era una completa chibola ingenua.
—Te veo cambiada, ahora. Has subido de peso. Antes eras más flaquita, pero está bien, así estas más comestible, jaja —comentó F.
—Yo te veo igual de pendeja —le dije.
—Chistosa… —respondió ella, acusando el golpe.
A un lado de la pista, sus amigas bailaban entre ellas, animadas y cada una en lo suyo. F me pidió bailar. Acepté. Al comienzo me sentí incómoda y algo avergonzada: era la primera vez que bailábamos juntas, la primera vez en cinco años que teníamos de conocernos. Me di cuenta que bailar juntas iba a ser sólo el inicio de su estrategia, o no diré estrategia, de su modus operandi.
Tragos van y tragos vienen, bailando como suele ocurrir, sólo que aquí la dupla ganadora era chico-chico y chica-chica. No había otras opciones, o al menos no en este lugar. F bebió en exceso, yo moderadamente. Pero como soy la más polla del mundo, no faltaba mucho para que evidenciaran mi falta de sobriedad.
—¿Bailamos? —pidió F.
—¿Otra vez? —caminé con dificultado hacia el centro con ella, y a bailar se ha dicho.
A un lado de nosotras bailaban sus amigas. No entablé abundante conversación con ellas, ni ellas conmigo. Pensé: no importa, no veo porque la preocupación. A mi izquierda estaban pegadas P con su pareja, bailaban sensuales y de cuando en cuando se besaban.
—¿Te sorprende? —me preguntó F.
—No, sólo que no es algo que veo siempre.
Las discos de ambiente se caracterizan por eso: por permitir el ingreso libre a personas que optan por opciones sexuales poco convencionales, sin miramientos ni reservas, algo difícil de creer y aceptar en nuestra pequeña y tradicional mentalidad tacneña.
Ahí estaban ellos y ellas, evidentemente no todos los gays y lesbianas de Tacna, pero sí una considerable muestra de la comunidad rosa, que pintaba cómo se divierten en esta heroica y mojigata ciudad, cómo la diversión no está prohibida para ellos, en un ambiente lleno de luces de neón, música que te zumba en los oídos. Una barra nada portentosa y unos cuadros de músicos y artistas junto con la multicolorida bandera gay en el centro de local, hacían de este sitio su fortaleza. El lugar donde son ellos mismos, donde pueden besarse y demostrar su amor, donde los tapujos no existen y tampoco el gentleman que te sirve una copa y te pregunta tu nombre. Aquí están personas comunes y corrientes, de todas las edades, a quienes puedes ver en las calles, de compras, trabajando en un banco, paseando con sus hijos o tomando un helado. Chicos con miradas insinuantes sobre otros chicos y chicas que te piden animosas un ¿Bailamos? Chicas que te guiñan el ojo mientras bailas con tu amiga. Que ven tus caderas meneándose y alucinan poder tenerlas más cerca. Incluso, chicos más afeminados que yo, gente risueña que se pone brillo con sabor a chicle en los labios. Más allá, varones aparentemente normales bailan con ellos y se abrazan por la cintura, se mueven al compás de a quién le importa lo que yo haga. Hoy sábado por la noche, el mundo es suyo.
Chicas que te roban un beso, chicas que es gusta que esa chica les robe ese beso, chicas como F que aprovechan la noche multicolor y la evidente consecuencia que el beber en exceso supone. Chicas que te acompañan al baño y se manifiestan prestas a darte un peine o un papel higiénico para secarte el sudor que hay en tu frente y que amenaza arruinar ese delineado perfecto que tienes en los ojos. Chicas que acometen salvajes, amparadas bajo la media oscuridad de un sucio baño de una mediocre disco de ambiente, la única opción de la ciudad.
Chicas como F que no olvidan que la otra chica puede ceder, que cedió hace mucho, que cedió hace cinco años, que cedió una vez y puede volver a ceder. Chicas como F que revelaron su secreto más abierto a la incauta chica, que la llevaron en otro tiempo adolescente a la inquietud y al desconcierto de quién soy, qué hice y porqué me gustó lo que hice.
Chicas como F hay a montones, pero prefiero creer que sólo hay una. F en una escena donde la coprotagonista era yo sin saberlo. Ella besándome como loca en una esquina del baño, mientras que por instantes tuve abiertos los ojos de asombro y luego cerrados por el gusto y la satisfacción.
Ese beso que me remonta a otros tiempos, donde era primeriza en el juego del flirteo, donde no sabía besar, donde nunca había tenido flaquitos, tiempos donde me gustaba el anime y soñaba con Terry y ser una heroína adolescente como Sailor Moon. Ese beso angustioso y demoledor, me enseñaba que era mentira eso de que el tiempo lo cura todo.
Ese beso que borraba de mi historial el número nada despreciable de cinco enamorados y no sé cuántos amantes machos en mi haber, que ya no era virgen, que ahora sabía fumar y también besar, que ya no era tan flaca y tan chibola, que ahora veía y confirmaba mi confusión e inmadurez en estas lides del amor.
Allá afuera la noche seguía igual, la música sazonaba el local, las jarras iban y venían, las chicas seguían bailando extasiadas y besándose, los chicos sentados uno encima del otro, besándose también.
Todo, allá afuera, era otro mundo, otro universo, no había ningún testigo presencial en el lugar de los hechos. El crimen era adentro, muy adentro, sólo alguien nos devolvió a nuestra absurda realidad. Tocaron la puerta, alguien desesperada por ocupar el baño, queriendo entrar, se alejó resignada. Nadie iba a despojarnos de ese rincón nauseabundo, nada romántico, pero nuestro al fin y al cabo.
Este era el verdadero reencuentro, lleno de besos, besos que me herían y excitaban, roces y caricias desesperadas  y oportunas. Éramos como dos perras en celo oliéndose por primera vez, dos mujeres que saben el futuro que estaba por venir y que se avecinaba en segundos. El futuro que implicaba tocarme las caderas y las nalgas con presión y abrirme el cierre tan a prisa que ya estaba sintiendo una mano debajo de mi vientre. Una mano temblorosa que no era la mía, que me embestía como animal furioso, que me sometía y arrinconaba al placer absoluto, al deseo innato, una mano que me decía que ya no era más yo, sino que era de ella y para ella, mientras que la otra mano apretujaba mis senos calientes y vibrantes. Se llevó enterita mi frustración contenida, de no saber quién soy y qué mierda hago aquí. Toda ella me invadía mientras, allá afuera, el tiempo transcurría. Afuera estaba el deseo de diversión y de borrachera, aquí, adentro, el deseo era otro.
Abrumadas, nos miramos y pensamos quién saldrá de aquí primero. El temor travieso nos invade pensando en las miradas indiscretas que nos esperan, qué más da, el lugar lo amerita, ni pensar que estemos en un monasterio. En la disco, la confianza y el pago del derecho a entrar nos invita a seguir besándonos, frente a todas, frente a todos, frente a aquellos que ya lo estaban haciendo antes que nosotras: nos unimos de una buena vez.
Saliendo de la disco, la cosa era monótona, un taxi listo en la puerta nos esperaba para volver a casa. Aquel discreto conductor, acostumbrado a tales situaciones, ni nos miraba, estaba absorto en llegar lo más rápido posible para no perder gasolina, nosotras, besándonos de nuevo, confundiéndonos de nuevo. El viento alborotaba mi cabello, mientras ella seguía tocándome los senos y yo la abrazaba y pensaba lo imbécil que me sentía entonces. Mil cosas pasaban en mi cabeza, en tanto disfrutaba de sus caricias, ese forcejeo gozoso que me transportaba a aquellos años maravillosos.
Ahora, aquí, sentada, tomando un café y viendo los mensajes en mi celular, no espero nada. Ya ha pasado mucho tiempo desde esa vez. La vida ha sido distinta para mí, ahora sólo pienso en ella cuando no tengo nada en qué pensar. Pienso que ahora debe estar viviendo su vida mediocremente, como vivo la mía. Pienso si seguirá yendo a aquel lugar y seguirá probando que aquella táctica sigue siendo infalible, eficaz.
Mientras, yo sólo espero seguir viviendo mi vida tranquilamente, al lado de mi nueva novia, una mujer dulce y comprensiva, cariñosa y tierna, distinta de la otrora loba feroz.
Por ahora mi vida es otra, algo madura, menos inestable, más consciente de la realidad, más convencida de mi ser. Y ella, F, viviendo la suya, también. Dudo que alguna de nosotras recuerde aquella fortuita noche. 

04 agosto, 2011

PARECE QUE DIOS ME PATEO LOS HUEVOS

Así como Rex herido, me tienen herido tanto sol y llamadas de mi ex enamorada. Otro miércoles más y parece que Dios me pateó los huevos. Hoy desperté a las nueve de la mañana, ojeroso, cansado, como una momia resucitada. En un rincón de la cama está la media negra que me regaló mi madre y huele mal. Mi gato, que desde hace unos días optó por quedarse a dormir cerca de mi cama, me mira y huye.
Levanto la media, y veo que tiene un bultito en el rincón, donde supuestamente deben chocar las uñas de mis pies cuando me la pongo. Huele raro. Al parecer el gato se despertó antes que yo, tuvo que evacuar, mientras yo roncaba dichoso, no pudo aguantarse y mi preciada media materna sufrió las consecuencias (pagó pato). La arrojo al tacho de basura y solamente me queda acariciar al gato, que se refugió bajo la cama, entre mis zapatos, con su cara de ˝yo no fui”. Aprendí la lección de no dormir con el gato hasta media mañana.
Camino y me duele la espalda. De pronto me veo en el espejo grande de mi cuarto, me doy cuenta que mi modo de caminar parece el de un tío con hemorroides: un andar lento y sin compás, roto desde sus raíces, patitieso.
Me visto y voy al comedor a desayunar.
Mis dos hermanitos menores juegan con sus eructos. El mayor suelta cinco eructos sonoros. El menor, apenas “eructitos” de sapito, principiante en el juego de los eructos. Y se ríen, mirándome como muerdo la marraqueta para después tomar la leche. Un brillo burlón aparece en los ojos del mayor, se ríe del bigote de leche que se dibuja sobre mi labio superior. Esto me indica que debo hacer prevalecer mi superioridad de hermano mayor y todopoderoso. Entonces, dejo a un lado los panes, la leche, las ideas, para inflarme forzadamente de aire hasta estallar con un señor eructo, un eructo digno de un león que ruge para intimidar a quienes osan retar su magnanimidad.
—¡Aaaaarr…!
—¡Rogger, mira el ejemplo que le das a los niños! —mi madre me llama la atención, aunque más atención le llamé yo con mi enfática demostración de virilidad sonora.
Le digo que se calme, que no exagere. Total, si los leones rugen… los hombres gritamos y… eructamos. Además, le argumento que eructo para que los vecinos y transeúntes cerca de nuestra casa, sepan que aquí vive un macho alfa, de esos descendientes los eructadores bárbaros y gladiadores antiguos, que entrenaban ardientemente todo el día para actividades como la caza y la guerra. Mamá se ríe, me palmotea la nalga izquierda y me dice que mejor me apresure para ir a donde yo tengo que ir. Le digo que no sé adónde ir.
Entonces me dice que vaya pensando, que no puedo pasarme los días sin deberes que cumplir. Grande, mami, a veces dices palabras que jamás olvido. Los que hemos caminado sobre el suelo sagrado del histórico colegio nacional Coronel Bolognesi jamás olvidamos la bolognesiana frase: “Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré hasta quemar el último cartucho...”
Me fui de shopping. A ver si algún polo bacán o unos pantalones jeans o zapatillas me seducen para comprarlos. A ver, qué hay, como dijo el ciego al sordo, señores. Solamente a los tacaños no les gusta ir de compras. Ojo que siempre se puede apelar al descuento, recuerden que el comprador tiene la razón y derecho al descuento, a sazón de llenar más la bolsa.
Apenas atravieso el dintel de la puerta que da a la calle, veo al gordo David en la esquina. Como de costumbre, se ve enorme, chascoso, resaqueado y con cara de terrorista buscado por la policía. Me levanta una mano saludando, yo le saludo.
—Hola, qué tal, man. —me llama con sus dedos.
Voy.
—Hola, flaco. Mira, vamos a tirarnos unas chelas, qué dices. Acá a la vuelta vi dos chicas tomando solas. Puede que nos atraquen. Tú encárgate de hablarles bonito y yo pongo el billete para el trago. Anda… anímate.
—Suave, je je… iría pero es que justo ahora mi enamorada me espera en su casa para un almuerzo familiar. Quiere presentarme a sus padres y… tú sabes… a nadie le gusta un yerno con tufo y posturas ebrias.
—Vamos pues, que a ti sólo te costará tu labia, tu florazo, pues.
—Mira, si me lo hubieras dicho con anticipación, yo encantado de acompañarte, David.
—Okey, flaco, pero conste que te lo pierdes, ah.
Nos despedimos, para quedar como patazas, le digo:
—Me avisas si para otro día salen un par de “cusqueñas”.
Pretextar que tengo enamorada me salvó de muchas situaciones que surgieron de pronto, impensadamente. Infinidad de instantes. Cuando chateaba en la compu, una chica muy rara e histérica me decía para salir a comer algo, pizza, de preferencia. Yo pretextaba: mi enamorada está por venir a casa, no puedo salir por lo menos hasta que se vaya. Muy en el fondo, esta nena era puro gasto, solamente hablaba y le gustaba pedir más antojitos (helados, jugos, licores), pelándome la billetera sin siquiera darme a cambio la esperanza de ser su enamorado o de perdernos una noche en Dios sabe dónde (inversión en vano). Aunque me atraía muy poco, invertir en ella por lo menos me debería dar ciertos privilegios. Privilegios negados por más que yo le insistía de buena manera, poniendo mi carita de perrito faldero. Ella era contudente: nada de salir a más de las 10 de la noche, no pasar una tarde juntos viendo películas en tu cuarto, no cogerle de la mano ni abrazarla. Dan ganas de mandarla al diablo gritando hasta que me estallen los pulmones. Pero me deshice de ella, menos mal, ahora cree que tengo esposa (fue mi reciente cuentazo).
En el centro comercial “Coronel Mendoza” (situado en la Avenida Coronel Mendoza N° 1105), ya de compras, con la gente amontonada, los vendedores sacando cuentas con sus calculadoras, los ayudantes cargando y descargando mercadería, me da algo de roche decir que vine a comprar, no una caja ni una docena de juguetes, sino uno o dos, a lo sumo. La diminuta compra que estoy por hacer, frente a esos peces gordos del comercio, me hacía sentir en verdad como un comprador minusválido.
Por suerte, una señora morena supo atenderme amablemente. Me presentó uno a uno la variedad de dinosaurios plásticos que quería comprar. Vi colores, tamaños, texturas, hasta quedarme con un tiranosaurio Rex anaranjado que sacaba la lengua, rugía y caminaba con ayuda de pilas. Qué lindo, le dije a la señora.
—¿Es para un sobrino o su hijo?
—No, señito, es para mí.
—Ah, joven, ¿usted juega a su edad?
—Los colecciono, señito —dije, con aire de coleccionista internacional.
Me escuchó asombrada, con rostro sonriente, una cálida expresión que me fascina ver en las mujeres mayores. Cálido gesto que se intensificó cuando me entregó mi nueva mascota electrónica y me dijo: aquí tienes, hijo, con rebajita incluida 18 nuevos soles.
Compro ahora juguetes que de niño quise tener, pero que por falta de dinero o de valor para pedírselo a mis padres, dejé ahí, en esos mostradores cristalizados del centro comercial Coronel Mendoza, el paraíso tacneño de los juguetes, donde hay más de doscientos puestos de venta con toda clase de productos: electrodomésticos, celulares chinos, herramientas gimnásticas, objetos deportivos, relojes, lentes, mochilas, carteras, agendas, adornos, videojuegos, plantas artificiales, utensilios de cocina, sábanas y más juguetes. A lo que iba: ju-gue-tes.
Día de mierda, hace un calor, uf…, les juro que si Tacna fuese una ciudad más abierta mentalmente y nudista, yo correría feliz y calato por las pistas y veredas. No tengo nada de qué avergonzarme, quizás de un par de puntos carnosos que la varicela dejó hace años en su paso por mi espalda. Es verano y las niñas que mojan a transeúntes jovencitos ya no me mojan porque soy mayor, me dejan pasar como quien ve a un señor maduro. Cada edad pone cercos mentales y mina acercamientos que las demás personas pudiesen tener hacia uno. Pero, les recuerdo que tengo 22 años.
Llego a casa.
Corro directamente a la ducha. Estoy hirviendo. Lo repetiré hasta el cansancio: quisiera irme algún día a la fría Siberia, a congelarme feliz durante semanas. Dejo la bolsa de juguetes sobre los sofás color melón. Suena el celular, es mi ex, me saluda y dice el clásico ¿cómo estás? No sé qué decir, mis palabras me atropellan, la extraño de pies a cabeza pero no debo demostrárselo. Acaba la parla, voy a la ducha con el cuerpo hirviente por el calor veraniego de las calles y la mente sancochada por los sentimientos del ayer. Yeah…, agua helada, te necesitaba. Y canto a capela la canción que mamá oye en la cocina: “Quisiera ser un pez, para tocar mi nariz en tu pecera y hacer burbujas de amor, por donde quiera… “ bien lo canta Juan Luis Guerra. Pero ahora yo quiero ser un pez para refrescarme y hacer del elemento líquido mi morada.
Vino el almuerzo, mamá me dejó una vianda llena de tallarines rojos con dos jugosas piernas de pollo. Fiel a la gula, comí voraz como el Gato Garfield devora su Lazaña. (Por: Rogger Avendaño).

CANNABIS


Por: Fredo Salas.
Cuando llegué a esta ciudad, La Paz, su nombre me pareció ficticio, una broma de mal gusto, quizá un sarcasmo de la historia. Sus más de tres mil y picos metros de altura, me elevaron a elucubraciones absurdas y banales. Luego de jalar tres mates de coca, las nubes empujadas por el viento me mostraban diversas figuras surrealistas, que mi imaginación se encargaba de moldear.
Guiado por mi natural instinto de meterme en problemas, llegué al “Hostal Cannabis”, una buena combinación de refugio y antro, donde mis escuetas necesidades encajaban perfectamente. Unos destartalados asientos de combi hacían de sala de espera. No había nadie en la recepción, fue fácil olisquear que todo estaba impregnado de Cannabis, hasta yo empezaba a oler a Cannabis. Esbocé una sonrisa complaciente que me devolvió unos recuerdos, unas emociones, de las que no recuerdo haber tenido nostalgia: cosas que sólo Cannabis emana.
Toqué varias veces la puerta de recepción, ningún marciano aparecía para darme la bienvenida. Era inevitable darle tiempo a esa decoración tan interesante: un Bob Marley me sonreía con sus tanas alborotadas, una hojita de Cannabis en un fondo blanco, Einstein mostrándome su lengua traviesa, un Evo Morales autóctono y salvaje, un Che Guevara fumando en los días de la revolución, un Jesucristo diciendo peace and love con los dedos, un Bush hitleriano, un mapamundi, una lejanísima y hermosa playa. Vietnamitas huyendo calatos de su aldea; y lo que contemplé con especial atención fue un cuadro que mostraba los recortes de las incontables veces que el “Hostal Cannabis” fue noticia en esta ciudad:
“Capturan a secuestradores de empresario”.
“Abandonan a mellizos en un hostal”.
“Hostal era burdel al paso”.
Hasta fue portada del diario más importante del país:
“Narcos caen con Cannabis” (hermoso titular).
Había otras notas que relataban algo más o menos así:
“Cerca de las 10 de la noche, en la calle Las Beatas, se produjo un tiroteo entre la policía y dos asaltantes del Banco Central… La balacera cobró una víctima inocente, un ciudadano colombiano a quién solo se le conoce como Paco y se alojaba en un hostal (Cannabis) cercano al…”.
Otro, relataba algo así:
“Luego de una intensa investigación, los efectivos descubrieron… Esta organización captaba y preparaba a los burriers –en su mayoría europeos– en el Hostal Cannabis, a cuyos propietarios también se les investiga…”
Cuando terminé de leer ese periódico mural o prontuario delictivo u hoja de vida, una duda cosquilleaba mi cabeza. Justo me percaté de la existencia de un papelito amarillo que mostraba una sopa de letras con forma de poema, del que sólo recuerdo los dos últimos versos:
"Gracias Cannabis por tu mundo
porque si no vuelo, no me encuentro"
(firma) Manuel.

EL CUENTO: PITHECANTROPUS ERECTUS

Es tan oscura la noche, que parece que no existiera firmamento. No hay luna ni estrella y, acaso, con el transcurrir de las nubes apenas se puede adivinar  cuando tropiezan con sus frentes ásperas. La tribu se encuentra en grupos dispersos, bulliciosos, alejados unos de otros, y para iluminar el contorno de sus tiendas, se valen de antorchas de brea o aceite y de portentosas hogueras que arden de las piedras. Sin embargo, el fuego que portan es insuficiente para iluminar la extensión del mundo, esa oscuridad impenetrable. Y es que las llamas son abatidas sin cesar por la pertinaz lluvia que cae y por el impetuoso viento que recorre la noche como un fantasma desesperado.
La tribu de los Ichipawa ha subido al lugar, como todas las noches, penosamente; sus hombres y mujeres tienen los ojos inyectados de ansiedad y regocijo, de furia y dolor. Pero en cuanto acampan se da inicio al tito perpetuo e indescifrable de sus destinos. Por eso, ahora, unos hombres cubiertos con máscaras de guerra y piel de leopardo luchan entre sí,  despiadamente, mientras la muchedumbre los azuza. Las cabezas de uno y otro ruedan al suelo impulsadas por la contundencia de las espadas de acero. Los guerreros vencedores, continuando con el espectáculo, recogen los cráneos y beben complacidos la sangre aún caliente del vencido como si fuese el delicioso vino de los dioses.
La lucha es tenaz. Cuando las espadas se han extraviado en medio de la confusión de las batallas, los bravos guerreros se desagarran unos a otros la piel, o se arrancan los ojos y la lengua con la fuerza de sus terribles dentaduras. La muchedumbre especta la lucha; pero antes que el último de los guerreros caiga abatido y los últimos tambores de guerra —que han sonado interminables durante los combates— se apaguen, los espíritus malignos parecen encarnarse en ellos y la feroz batalla se universaliza. Siempre sucede lo mismo. La muchedumbre y los guerreros ya saben cómo terminan los torneos; pero no pueden evitar repetir cada noche estos ritos porque una fuerza más poderosa que la de ellos —y que todas las fuerzas— los impulsa, los arrastra a hacerlo. Puede ser la fuerza de los truenos, de las serpientes y los cuervos, de todos los dioses juntos, pero ellos la aceptan como suya, y reconocen en sus actos el placer y la felicidad de sí mismos.
Los sobrevivientes se apartan de los cadáveres cubiertos de lodo y se integran a los otros grupos de la tribu. Entonces pueden apreciar la suave y cadenciosa danza de doncellas púberes que bailan, con los pechos desnudos y las cabelleras desgreñadas, alrededor de una llama de fuego que crece hacia los aires: temblorosa y cimbreante, como una torre movediza a punto de desplomarse sobre su propia sombra. La música está compuesta de gritos incoherentes que la tribu profiere, y que, de pronto, se interrumpe cuando hombres de anchas espaldas, barbas profusas y pelos hirsutos, emergen de su seno, semejantes a sí mismos, y avanzan contra las púberes. Ellas, sorprendidas por su presencia, tratan de huir buscando refugio entre quienes observan; pero la muchedumbre de la tribu les cierra el paso, indolentes a su llanto y súplicas, y terminan siendo tomada, allí mismo, sobre el suelo, en medio del barro y bajo la lluvia. Después de arrancarles la piel de cebra que cubren sus virginales caderas, ellos las poseen a fuerza de golpes y lujuria.
La tribu, extasiada por el espectáculo, vuelve a proferir cantos incoherentes e ininteligibles, después, extrañamente, cesan. Algunos de los espectadores, hombres o mujeres, contagiados por las violentas copulaciones, se desprenden de sus pieles y se ofrecen desnudos. En instantes, el desorden y el caos vuelven a la tribu y empiezan a fornicar hombres con mujeres, hombres con hombres, mujeres con mujeres, animales con hombres y mujeres.
Después, del amancebamiento, fatigados y extenuados, reponen las fuerzas bebiendo los dulces vinos, comiendo la abundante carne asada de bueyes y aves que antes han cazado. Recobrados los ánimos, la pereza, el hastío, el sentimiento de culpa los envuelve. ¿Cuál es el sentido de sus destinos?, ¿qué significado tiene sus existencias? ¿Acaso no son pequeñas criaturas flotando en el universo como diinutas partículas en el aire? Luego, lentamente y como todas las noches, llega la hora de los sacrificios y adoraciones. Levantan, desesperados, llenos de angustia, inmensos y magníficos altares, al pie de los cuales adoran al dios becerro, al dios trueno y al dios semejante al hombre. Alrededor de los alteres erigen piras de fuego sobre las que ofrecen —en holocausto— el cuerpo y el alma de hombres y mujeres.
Cuando sienten la exculpación de sus pecados, exhalan aliento de alivio, y quieren retomar el rito indescifrable y perpetuo de sus destinos; pero súbitamente la pertinaz lluvia escampa, los implacables truenos que han azotado la noche se difuminan en el incognoscible misterio de la nada. Y es que la noche llega a su fin. Desde un punto impreciso de la oscuridad emerge apenas una tenue lucecita que crece lentamente. Adivinan, igual que todas las noches, el advenimiento del amanecer. Asustados, igual que todas las noches, el advenimiento del amanecer. Asustados, atribulados, hombres y mujeres de la tribu, con los ojos heridos por la sencilla e imperceptible luz del incipiente día, corren, de pronto, despavoridos —dejando caer la piel de animales que los cubre— como si huyeran de sí mismos, montaña o jungla abajo.
Tratando de ganar las faldas de la cumbre, algunos tropiezan y perecen aplastados por la estampida de la muchedumbre. Ya en el llano —después de haberse vestido de nuevo— algunos siguen a pie su camino, otros abordan sus vehículos. Ponen a toda marcha los motores y tras dejar atrás el inhóspito y agreste territorio, enrumban por la autopista de ingreso a Lima. Para entonces la luz del alba ilumina el cielo. Cada vez, mientras avanzan, se puede ver a lo lejos los edificios más altos y las antenas de televisión. Una vez en la misma ciudad, de calles vacías —antes que el sol despunte, que las fábricas, ministerios, oficinas, mercados y escuelas funcionen, antes que los niños despierten— ingresan sigilosos a sus casas.
Cada cual sube escaleras, se mete a su dormitorio y finge dormir. Sin embargo, ese día, Kabula y Atawa, que ahora son los esposos Ernesto y Sofía Rivas, encuentran despierto a su pequeño hijo Tony de nueve años, jugando en su dormitorio de la segunda planta. Creen verse descubiertos por el niño. Se sienten aterrado por la idea. Aún no es hora que el niño sepa cosas de mayores, más tarde, cuando crezca, tendrá tiempo para eso. Por el momento debe conservar la inocencia de la edad. Lamentan, por eso, haberse demorado en regresar. Pero no, no pude ser, el niño es demasiado pequeño para suponer algo o atar cabos. Nuevamente ganan aplomo.
—Tony, ¡qué haces fuera de tu cama! —rezonga Sofía—. Te hemos dicho mil veces que no te levantes hasta que te despertemos.
—Es que no tenía sueño, mami —dice el niño distraído, jugando con la computadora—. Los llamé para que me dieran permiso para encenderla, pero no vinieron. Me moría por jugar, mami.
—Salimos a buscar gasolina. Desde anoche hay escasez
—Dice Ernesto Rivas—. Pero está bien, que sea la última vez que haces una cosa sin nuestro permiso.
Comprenden que no hay nada que temer. Así, Sofía le sirve el desayuno a su esposo, y el bravo Kalumba, —uno de los jefes guerreros que la noche anterior ha bebido sangre en el cráneo de su contendor— toma el desayuno rápidamente. La hora gana. Tiene que llegar siete en punto a su oficina de contador.
A veinte minutos de su hora de ingreso, luego de despedirse de su esposa e hijo, Ernesto Rivas ya está en marcha sobre la autopista principal que da al centro de la ciudad y, a dos minutos, se encuentra sentado en su escritorio. Aunque tiene los párpados pesados porque no ha dormido toda la noche, se dispone a trabajar de buen ánimo y hasta empieza a tararear un trozo de Take
Five de Dave Brubeck, que la otra tarde ha escuchado en la radio, en el programa de jazz de los domingos. (Por: Yuri Vásquez).

FRENTE AL SEMÁFORO EN ROJO

Frente al semáforo en rojo, una camioneta Toyota Rav 4 espera la luz verde. A su lado, mi Volkswagen escarabajo “Made in Germany” ronronea altivo esperando partir. Desde mi butaca de piloto, levanto la vista treinta centímetros para divisar al conductor de la camioneta, quien me saluda con gesto risueño mientras parte raudo y veloz. Giro retornando la mirada hacia el frente y la luz verde se queda inmóvil igual que mi “cucaracha” que acaba de apagarse. Me pongo nervioso mientras giro la llave para arrancar mi bólido. El embrague largo me obliga a imitar una patada kick boxing con la pierna izquierda. El rugido del motor “1500” se abre paso entre los diez cláxones que nos putean, sacan la madre y la suerte por detener el tránsito. Es la suerte de tener un Volkswagen escarabajo alemán, uno de entre los veinte millones quinientos sesentaicinco mil que se fabricaron desde 1943.
Avanzo veinte metros hasta llegar al cruce de las calles Hipólito Unanue y Ordonel Vargas. Voy camino al taller de mi mecánico. Cuando uno tiene un carro de segunda mano, debe tener un mecánico cerca; y si es un VW escarabajo, debe ser de cabecera. Pongo la direccional izquierda, y tintinea el lado derecho. El electricista que me arregló el Vocho me cobró diez soles y ha invertido los cables. Este desperfecto lo tengo hace diez días, tiempo durante el cual he tenido que  invertir concienzudamente mi sentido del espacio: derecha es izquierda, e izquierda es derecha.
Con la brújula alterada, pienso en F. Porsche, creador y propulsor del Volkswagen. Su idea inicial fue diseñar un carro popular que rompiera el esquema de fabricar vehículos costosos, únicamente alcanzables para las élites económicas. Precisamente, Volkswagen significa “carro del pueblo”. Su idea no tuvo mucha acogida entre los fabricantes alemanes, hasta que  Hitler le propusiera a Porsche llevar a cabo su proyecto, con su ya conocida intención bélica.
Llego al taller del maestro Gutiérres, y me doy cuenta que hay más de veinte Vochos en reparación. Sin temor a equivocarme, deben ser los mismos que estaban a la espera hace veinticinco días, cuando llegué por un problema en la bomba de frenos, una real bomba de tiempo para un conductor.
—Maestro, estoy de regreso... El carro se me ha vuelto a quedar, se chupa en el arranque —le explico afligido.
—A ver… Cuádralo allí, detrás del rojo… —me dice con indiferencia y de memoria, mientras limpia un carburador que sostiene entre las manos—. Ahora no tengo tiempo, regresa mañana. Seguro que es el carburador o hay que cambiar el chicler o, de repente, hay que revisar las válvulas… Déjalo, nomá.
—¿Pero, cómo? Si hace dos meses cambiamos las válvulas y el chicler… —me defiendo perplejo.
—Déjalo, nomá.
Mi cucaracha forma parte de los 16, 255.500 Volkswagen que fueron manufacturados en Wolfsburg, entre los años 1938 y 1978, casi un Volkswagen por persona en el Perú de los 70's. Luego seguirían siendo construidos en Brasil y México, hasta el año 2003 cuando se construyó el último Volkswagen escarabajo —el veintiún millones quinientos veintinueve mil cuatrocientos sesenta y cuatro—. Para los cultores y propietarios del “carro del pueblo” es común preguntarse:
—¿De dónde es tu Volkswagen?
Se dice que los construidos en Alemania son mejores que los brasileros y mexicanos: Lata más duradera y fiable, mejor chasis, piezas más fuertes para ser reconstruidas en el torno, e infinidad de detalles que seguramente desconozco.
Ver un escarabajo transitando por las calles, genera muchas sensaciones de acuerdo a la edad.
—¡Sapito verde!, ¡Sapito amarillo! —dicen algunos niños al vernos pasar, señalándonos con el dedo y jugando a encontrar estos escasos carros.
Los más serios peatones y conductores nos miran con lástima, estos “carritos” son para misios. Su aspecto bonachón y tierno lo hace el consentido de las damas. Indeseable para los cultores de la velocidad. El preferido para los cultores de las modificaciones caprichosas y el tuning. En realidad, ver un escarabajo es ver la historia del mundo automotriz y cómo un modelo ha podido sobrevivir por tantos años, sin perder la preferencia del pueblo.
Julio Villanueva Chang, en la revista Poder, reflexiona sobre los automóviles y reafirma algo que sentí desde que tuve mi primer auto. “…Quien compre un automóvil en Perú, la India o Sudáfrica, sabe que va a sufrir”. Lo supe con desesperación cuando no encontraba donde estacionar y el banco estaba por cerrar sus puertas; también, al alejarme de mi auto con la intranquilidad de no saber si de regreso lo encontraría entero. O peor aún, cuando siendo parte de un atolladero, veía cómo las motos y los transeúntes me dejaban atrás, precisamente, cuando la hora eterniza los momentos ingratos. Ni qué decir de los accidentes de tránsito que se producen por las ineludibles imprudencias de hablar por el celular, cambiar de CD o de quedarse viendo un buen culo.
Mi Volkswagen es un Frankenstein. Tiene el alternador de un “Tico”, timón deportivo “Safari”, la consola de un “Toyota” que uso para decorar la palanca de cambios y guardar mis CD's. Llantas anchas con aros de aluminio número trece en forma de pulpo, faros con luz halógena y neblineros. En lugar del famoso porta-perro, en la parte trasera, dos parlantes Pioneer ovalados alientan mi camino. Esta criatura del mundo automotriz, tiene los más inimaginables acoplamientos y rectificaciones que jamás F. Porsche pudo concebir y que el Youtube exhibe en la web, retratando los encuentros de clubes y aficionados. Un Volkswagen nunca morirá.
Regreso al día siguiente. Diviso cuatro Volkswagen nuevos en el taller, sus entusiastas dueños no se cansan de mencionar las cualidades y virtudes de sus máquinas, así como de sus inversiones para revitalizar sus egos y los motores. Uno de ellos me reconoce.
—Hola, ¿tú también tienes un Vocho? ¿Cuál es?
—Sí, está allí, el verde acero —alcanzo a responder sorprendido.
—Suave… es un alemán.
Pronto aparece el maestro Gutiérrez, quien lleva más de medio siglo en el mundo de la mecánica Volkswagen, uno de los pocos que alcanzó a viajar a Alemania para ser capacitado, cuando aún no existía la mecánica de precisión y la destreza manual lo era todo.
—¡Ya está listo! —me grita desde el fondo del taller.
Me subo a mi Frankenstein y recuerdo que debo tener paciencia. Un carro con más de 35 años debe ser tratado con devoción y paciencia. Empujo fuertemente el embrague para poner los cambios en neutro. Insertó la llave y  giro levemente. Un ahogo inicial y nada...
—¡Achícale un poco! —me grita ahora el Maestro Gutiérrez, a su estilo, para que acelere a fondo.
Regreso la llave y vuelvo a arrancar, esta vez pedaleando el acelerador, y un sonido estridente seguido de una humareda blanca ensordece y deja ciego a todo el taller.
Abandono los dominios del Maestro Gutiérrez, con la ilusión de estar manejando un carro nuevo, pero con la espina de no saber qué será lo próximo que le duela a mi cucaracha. Volveré al taller la próxima semana, seguramente. Con una nueva dolencia de mi Vocho, que el Maestro Gutiérrez intentará aliviar. Llego a un semáforo que está en luz roja y mi Vocho, a la espera de la luz verde, nuevamente duda en avanzar. (Por: Reddy Lázaro).

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