04 agosto, 2011

FRENTE AL SEMÁFORO EN ROJO

Frente al semáforo en rojo, una camioneta Toyota Rav 4 espera la luz verde. A su lado, mi Volkswagen escarabajo “Made in Germany” ronronea altivo esperando partir. Desde mi butaca de piloto, levanto la vista treinta centímetros para divisar al conductor de la camioneta, quien me saluda con gesto risueño mientras parte raudo y veloz. Giro retornando la mirada hacia el frente y la luz verde se queda inmóvil igual que mi “cucaracha” que acaba de apagarse. Me pongo nervioso mientras giro la llave para arrancar mi bólido. El embrague largo me obliga a imitar una patada kick boxing con la pierna izquierda. El rugido del motor “1500” se abre paso entre los diez cláxones que nos putean, sacan la madre y la suerte por detener el tránsito. Es la suerte de tener un Volkswagen escarabajo alemán, uno de entre los veinte millones quinientos sesentaicinco mil que se fabricaron desde 1943.
Avanzo veinte metros hasta llegar al cruce de las calles Hipólito Unanue y Ordonel Vargas. Voy camino al taller de mi mecánico. Cuando uno tiene un carro de segunda mano, debe tener un mecánico cerca; y si es un VW escarabajo, debe ser de cabecera. Pongo la direccional izquierda, y tintinea el lado derecho. El electricista que me arregló el Vocho me cobró diez soles y ha invertido los cables. Este desperfecto lo tengo hace diez días, tiempo durante el cual he tenido que  invertir concienzudamente mi sentido del espacio: derecha es izquierda, e izquierda es derecha.
Con la brújula alterada, pienso en F. Porsche, creador y propulsor del Volkswagen. Su idea inicial fue diseñar un carro popular que rompiera el esquema de fabricar vehículos costosos, únicamente alcanzables para las élites económicas. Precisamente, Volkswagen significa “carro del pueblo”. Su idea no tuvo mucha acogida entre los fabricantes alemanes, hasta que  Hitler le propusiera a Porsche llevar a cabo su proyecto, con su ya conocida intención bélica.
Llego al taller del maestro Gutiérres, y me doy cuenta que hay más de veinte Vochos en reparación. Sin temor a equivocarme, deben ser los mismos que estaban a la espera hace veinticinco días, cuando llegué por un problema en la bomba de frenos, una real bomba de tiempo para un conductor.
—Maestro, estoy de regreso... El carro se me ha vuelto a quedar, se chupa en el arranque —le explico afligido.
—A ver… Cuádralo allí, detrás del rojo… —me dice con indiferencia y de memoria, mientras limpia un carburador que sostiene entre las manos—. Ahora no tengo tiempo, regresa mañana. Seguro que es el carburador o hay que cambiar el chicler o, de repente, hay que revisar las válvulas… Déjalo, nomá.
—¿Pero, cómo? Si hace dos meses cambiamos las válvulas y el chicler… —me defiendo perplejo.
—Déjalo, nomá.
Mi cucaracha forma parte de los 16, 255.500 Volkswagen que fueron manufacturados en Wolfsburg, entre los años 1938 y 1978, casi un Volkswagen por persona en el Perú de los 70's. Luego seguirían siendo construidos en Brasil y México, hasta el año 2003 cuando se construyó el último Volkswagen escarabajo —el veintiún millones quinientos veintinueve mil cuatrocientos sesenta y cuatro—. Para los cultores y propietarios del “carro del pueblo” es común preguntarse:
—¿De dónde es tu Volkswagen?
Se dice que los construidos en Alemania son mejores que los brasileros y mexicanos: Lata más duradera y fiable, mejor chasis, piezas más fuertes para ser reconstruidas en el torno, e infinidad de detalles que seguramente desconozco.
Ver un escarabajo transitando por las calles, genera muchas sensaciones de acuerdo a la edad.
—¡Sapito verde!, ¡Sapito amarillo! —dicen algunos niños al vernos pasar, señalándonos con el dedo y jugando a encontrar estos escasos carros.
Los más serios peatones y conductores nos miran con lástima, estos “carritos” son para misios. Su aspecto bonachón y tierno lo hace el consentido de las damas. Indeseable para los cultores de la velocidad. El preferido para los cultores de las modificaciones caprichosas y el tuning. En realidad, ver un escarabajo es ver la historia del mundo automotriz y cómo un modelo ha podido sobrevivir por tantos años, sin perder la preferencia del pueblo.
Julio Villanueva Chang, en la revista Poder, reflexiona sobre los automóviles y reafirma algo que sentí desde que tuve mi primer auto. “…Quien compre un automóvil en Perú, la India o Sudáfrica, sabe que va a sufrir”. Lo supe con desesperación cuando no encontraba donde estacionar y el banco estaba por cerrar sus puertas; también, al alejarme de mi auto con la intranquilidad de no saber si de regreso lo encontraría entero. O peor aún, cuando siendo parte de un atolladero, veía cómo las motos y los transeúntes me dejaban atrás, precisamente, cuando la hora eterniza los momentos ingratos. Ni qué decir de los accidentes de tránsito que se producen por las ineludibles imprudencias de hablar por el celular, cambiar de CD o de quedarse viendo un buen culo.
Mi Volkswagen es un Frankenstein. Tiene el alternador de un “Tico”, timón deportivo “Safari”, la consola de un “Toyota” que uso para decorar la palanca de cambios y guardar mis CD's. Llantas anchas con aros de aluminio número trece en forma de pulpo, faros con luz halógena y neblineros. En lugar del famoso porta-perro, en la parte trasera, dos parlantes Pioneer ovalados alientan mi camino. Esta criatura del mundo automotriz, tiene los más inimaginables acoplamientos y rectificaciones que jamás F. Porsche pudo concebir y que el Youtube exhibe en la web, retratando los encuentros de clubes y aficionados. Un Volkswagen nunca morirá.
Regreso al día siguiente. Diviso cuatro Volkswagen nuevos en el taller, sus entusiastas dueños no se cansan de mencionar las cualidades y virtudes de sus máquinas, así como de sus inversiones para revitalizar sus egos y los motores. Uno de ellos me reconoce.
—Hola, ¿tú también tienes un Vocho? ¿Cuál es?
—Sí, está allí, el verde acero —alcanzo a responder sorprendido.
—Suave… es un alemán.
Pronto aparece el maestro Gutiérrez, quien lleva más de medio siglo en el mundo de la mecánica Volkswagen, uno de los pocos que alcanzó a viajar a Alemania para ser capacitado, cuando aún no existía la mecánica de precisión y la destreza manual lo era todo.
—¡Ya está listo! —me grita desde el fondo del taller.
Me subo a mi Frankenstein y recuerdo que debo tener paciencia. Un carro con más de 35 años debe ser tratado con devoción y paciencia. Empujo fuertemente el embrague para poner los cambios en neutro. Insertó la llave y  giro levemente. Un ahogo inicial y nada...
—¡Achícale un poco! —me grita ahora el Maestro Gutiérrez, a su estilo, para que acelere a fondo.
Regreso la llave y vuelvo a arrancar, esta vez pedaleando el acelerador, y un sonido estridente seguido de una humareda blanca ensordece y deja ciego a todo el taller.
Abandono los dominios del Maestro Gutiérrez, con la ilusión de estar manejando un carro nuevo, pero con la espina de no saber qué será lo próximo que le duela a mi cucaracha. Volveré al taller la próxima semana, seguramente. Con una nueva dolencia de mi Vocho, que el Maestro Gutiérrez intentará aliviar. Llego a un semáforo que está en luz roja y mi Vocho, a la espera de la luz verde, nuevamente duda en avanzar. (Por: Reddy Lázaro).

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