04 agosto, 2011

PARECE QUE DIOS ME PATEO LOS HUEVOS

Así como Rex herido, me tienen herido tanto sol y llamadas de mi ex enamorada. Otro miércoles más y parece que Dios me pateó los huevos. Hoy desperté a las nueve de la mañana, ojeroso, cansado, como una momia resucitada. En un rincón de la cama está la media negra que me regaló mi madre y huele mal. Mi gato, que desde hace unos días optó por quedarse a dormir cerca de mi cama, me mira y huye.
Levanto la media, y veo que tiene un bultito en el rincón, donde supuestamente deben chocar las uñas de mis pies cuando me la pongo. Huele raro. Al parecer el gato se despertó antes que yo, tuvo que evacuar, mientras yo roncaba dichoso, no pudo aguantarse y mi preciada media materna sufrió las consecuencias (pagó pato). La arrojo al tacho de basura y solamente me queda acariciar al gato, que se refugió bajo la cama, entre mis zapatos, con su cara de ˝yo no fui”. Aprendí la lección de no dormir con el gato hasta media mañana.
Camino y me duele la espalda. De pronto me veo en el espejo grande de mi cuarto, me doy cuenta que mi modo de caminar parece el de un tío con hemorroides: un andar lento y sin compás, roto desde sus raíces, patitieso.
Me visto y voy al comedor a desayunar.
Mis dos hermanitos menores juegan con sus eructos. El mayor suelta cinco eructos sonoros. El menor, apenas “eructitos” de sapito, principiante en el juego de los eructos. Y se ríen, mirándome como muerdo la marraqueta para después tomar la leche. Un brillo burlón aparece en los ojos del mayor, se ríe del bigote de leche que se dibuja sobre mi labio superior. Esto me indica que debo hacer prevalecer mi superioridad de hermano mayor y todopoderoso. Entonces, dejo a un lado los panes, la leche, las ideas, para inflarme forzadamente de aire hasta estallar con un señor eructo, un eructo digno de un león que ruge para intimidar a quienes osan retar su magnanimidad.
—¡Aaaaarr…!
—¡Rogger, mira el ejemplo que le das a los niños! —mi madre me llama la atención, aunque más atención le llamé yo con mi enfática demostración de virilidad sonora.
Le digo que se calme, que no exagere. Total, si los leones rugen… los hombres gritamos y… eructamos. Además, le argumento que eructo para que los vecinos y transeúntes cerca de nuestra casa, sepan que aquí vive un macho alfa, de esos descendientes los eructadores bárbaros y gladiadores antiguos, que entrenaban ardientemente todo el día para actividades como la caza y la guerra. Mamá se ríe, me palmotea la nalga izquierda y me dice que mejor me apresure para ir a donde yo tengo que ir. Le digo que no sé adónde ir.
Entonces me dice que vaya pensando, que no puedo pasarme los días sin deberes que cumplir. Grande, mami, a veces dices palabras que jamás olvido. Los que hemos caminado sobre el suelo sagrado del histórico colegio nacional Coronel Bolognesi jamás olvidamos la bolognesiana frase: “Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré hasta quemar el último cartucho...”
Me fui de shopping. A ver si algún polo bacán o unos pantalones jeans o zapatillas me seducen para comprarlos. A ver, qué hay, como dijo el ciego al sordo, señores. Solamente a los tacaños no les gusta ir de compras. Ojo que siempre se puede apelar al descuento, recuerden que el comprador tiene la razón y derecho al descuento, a sazón de llenar más la bolsa.
Apenas atravieso el dintel de la puerta que da a la calle, veo al gordo David en la esquina. Como de costumbre, se ve enorme, chascoso, resaqueado y con cara de terrorista buscado por la policía. Me levanta una mano saludando, yo le saludo.
—Hola, qué tal, man. —me llama con sus dedos.
Voy.
—Hola, flaco. Mira, vamos a tirarnos unas chelas, qué dices. Acá a la vuelta vi dos chicas tomando solas. Puede que nos atraquen. Tú encárgate de hablarles bonito y yo pongo el billete para el trago. Anda… anímate.
—Suave, je je… iría pero es que justo ahora mi enamorada me espera en su casa para un almuerzo familiar. Quiere presentarme a sus padres y… tú sabes… a nadie le gusta un yerno con tufo y posturas ebrias.
—Vamos pues, que a ti sólo te costará tu labia, tu florazo, pues.
—Mira, si me lo hubieras dicho con anticipación, yo encantado de acompañarte, David.
—Okey, flaco, pero conste que te lo pierdes, ah.
Nos despedimos, para quedar como patazas, le digo:
—Me avisas si para otro día salen un par de “cusqueñas”.
Pretextar que tengo enamorada me salvó de muchas situaciones que surgieron de pronto, impensadamente. Infinidad de instantes. Cuando chateaba en la compu, una chica muy rara e histérica me decía para salir a comer algo, pizza, de preferencia. Yo pretextaba: mi enamorada está por venir a casa, no puedo salir por lo menos hasta que se vaya. Muy en el fondo, esta nena era puro gasto, solamente hablaba y le gustaba pedir más antojitos (helados, jugos, licores), pelándome la billetera sin siquiera darme a cambio la esperanza de ser su enamorado o de perdernos una noche en Dios sabe dónde (inversión en vano). Aunque me atraía muy poco, invertir en ella por lo menos me debería dar ciertos privilegios. Privilegios negados por más que yo le insistía de buena manera, poniendo mi carita de perrito faldero. Ella era contudente: nada de salir a más de las 10 de la noche, no pasar una tarde juntos viendo películas en tu cuarto, no cogerle de la mano ni abrazarla. Dan ganas de mandarla al diablo gritando hasta que me estallen los pulmones. Pero me deshice de ella, menos mal, ahora cree que tengo esposa (fue mi reciente cuentazo).
En el centro comercial “Coronel Mendoza” (situado en la Avenida Coronel Mendoza N° 1105), ya de compras, con la gente amontonada, los vendedores sacando cuentas con sus calculadoras, los ayudantes cargando y descargando mercadería, me da algo de roche decir que vine a comprar, no una caja ni una docena de juguetes, sino uno o dos, a lo sumo. La diminuta compra que estoy por hacer, frente a esos peces gordos del comercio, me hacía sentir en verdad como un comprador minusválido.
Por suerte, una señora morena supo atenderme amablemente. Me presentó uno a uno la variedad de dinosaurios plásticos que quería comprar. Vi colores, tamaños, texturas, hasta quedarme con un tiranosaurio Rex anaranjado que sacaba la lengua, rugía y caminaba con ayuda de pilas. Qué lindo, le dije a la señora.
—¿Es para un sobrino o su hijo?
—No, señito, es para mí.
—Ah, joven, ¿usted juega a su edad?
—Los colecciono, señito —dije, con aire de coleccionista internacional.
Me escuchó asombrada, con rostro sonriente, una cálida expresión que me fascina ver en las mujeres mayores. Cálido gesto que se intensificó cuando me entregó mi nueva mascota electrónica y me dijo: aquí tienes, hijo, con rebajita incluida 18 nuevos soles.
Compro ahora juguetes que de niño quise tener, pero que por falta de dinero o de valor para pedírselo a mis padres, dejé ahí, en esos mostradores cristalizados del centro comercial Coronel Mendoza, el paraíso tacneño de los juguetes, donde hay más de doscientos puestos de venta con toda clase de productos: electrodomésticos, celulares chinos, herramientas gimnásticas, objetos deportivos, relojes, lentes, mochilas, carteras, agendas, adornos, videojuegos, plantas artificiales, utensilios de cocina, sábanas y más juguetes. A lo que iba: ju-gue-tes.
Día de mierda, hace un calor, uf…, les juro que si Tacna fuese una ciudad más abierta mentalmente y nudista, yo correría feliz y calato por las pistas y veredas. No tengo nada de qué avergonzarme, quizás de un par de puntos carnosos que la varicela dejó hace años en su paso por mi espalda. Es verano y las niñas que mojan a transeúntes jovencitos ya no me mojan porque soy mayor, me dejan pasar como quien ve a un señor maduro. Cada edad pone cercos mentales y mina acercamientos que las demás personas pudiesen tener hacia uno. Pero, les recuerdo que tengo 22 años.
Llego a casa.
Corro directamente a la ducha. Estoy hirviendo. Lo repetiré hasta el cansancio: quisiera irme algún día a la fría Siberia, a congelarme feliz durante semanas. Dejo la bolsa de juguetes sobre los sofás color melón. Suena el celular, es mi ex, me saluda y dice el clásico ¿cómo estás? No sé qué decir, mis palabras me atropellan, la extraño de pies a cabeza pero no debo demostrárselo. Acaba la parla, voy a la ducha con el cuerpo hirviente por el calor veraniego de las calles y la mente sancochada por los sentimientos del ayer. Yeah…, agua helada, te necesitaba. Y canto a capela la canción que mamá oye en la cocina: “Quisiera ser un pez, para tocar mi nariz en tu pecera y hacer burbujas de amor, por donde quiera… “ bien lo canta Juan Luis Guerra. Pero ahora yo quiero ser un pez para refrescarme y hacer del elemento líquido mi morada.
Vino el almuerzo, mamá me dejó una vianda llena de tallarines rojos con dos jugosas piernas de pollo. Fiel a la gula, comí voraz como el Gato Garfield devora su Lazaña. (Por: Rogger Avendaño).

1 rajes:

mmmm....falta talento...creo que son ontentos aun es joven...aunq esta algo gracioso...

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